“Su Pasión Era el Mar” por Carlos Rey

Después de las cuatro de la madrugada del sábado 27 de febrero de 2010, Germán Gálvez llamó a su hija para saber si ella y su familia en la isla de Robinson Crusoe se encontraban bien. Viña del Mar, donde él vivía, acababa de ser sacudida por un terremoto de 8,8 grados en la escala de Richter, pero su hija le aseguró que en la isla no habían sentido nada.

Martinna, su nieta de doce años, escuchó la conversación de la mamá y fue a acostarse, bromeando con que se acercaba el fin del mundo. Pero al meterse en la cama, Martinna miró por la ventana y no podía creer lo que veía: ¡los botes de la bahía, saltando y chocando entre sí, venían hacia la playa como atraídos por un imán irresistible!

—¡Arranquen! — gritó la niña.

Su papá, el carabinero Ignacio Maturana, salió disparado hacia la Capitanía de Puerto a pedir que activaran la señal de emergencia, gritándole a su hija que corriera a donde estaba el gong y lo tocara. Martinna fue e hizo sonar la campana, primero con una pausa entre un sonido y otro, y luego sin cesar. Después corrió hasta el cerro, como su padre le había dicho que hiciera, donde ya se encontraban su mamá y su hermana menor.

Esa noche dos olas devastaron la costa del archipiélago de Juan Fernández. El tsunami dejó un saldo de dieciséis personas muertas. Pero, gracias a la alarma que hizo sonar Martinna, el número de víctimas no fue más elevado.

Paula Ayerdi Retamales, bióloga marina de la Universidad Andrés Bello, había estado realizando un estudio sobre los lobos marinos junto a su novio, Ismael Cáceres Montenegro. Los dos habían postulado a una beca para estudiar en Australia, pero sólo Ismael la había obtenido. Así que habían decidido casarse para irse juntos después de la boda, que no iba a ser sino hasta mediados de año.

Paula había hecho su primer viaje a terreno al archipiélago Juan Fernández, y para ganar tiempo había insistido en hacerlo en el buque de la Armada que había zarpado hacia la isla el jueves 25, dos días antes del maremoto. Maite, su hermana, había alcanzado a avisarle que en Chile había ocurrido un terremoto, y le pidió que se refugiara. Pero fue demasiado tarde, y la ola de quince metros arrasó el lugar donde se encontraba. Un equipo de búsqueda organizado por Ismael encontró sus restos.

La hermana de Paula se consoló diciendo: «Su pasión era el mar, y eso se lo inculcó nuestro padre.»

En tales casos, nos preguntamos una vez más, ¿es justo que algunos se salven mientras que otros perezcan? ¿Por qué mueren unos y se salvan otros?

En el Sermón del Monte, Jesús dijo que nuestro Padre celestial «hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos»por igual. Así que la respuesta no está en nuestra condición espiritual. Al parecer tiene que ver más bien con ciertas condiciones físicas, que tienen consecuencias naturales. 

Gracias a Dios, pase lo que pase con nuestro cuerpo en esta tierra, todos podemos esperar algún día tener un cuerpo glorificado en el cielo. Porque Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo a morir por nosotros precisamente para que, al creer en Él, podamos tener vida eterna.

Ir A Arriba