…y el Señor me revivió

El día miércoles 7 de Junio, regresaba a las 8:05 de la mañana, de jugar tenis como siempre lo he hecho, me dirigía a casa a desayunar. Iba manejando mi carro y en el trayecto me desmayé, perdí el control del vehículo y me estrellé en la entrada de una panadería.
Si alguna persona hubiera sido testigo de este accidente, lo habría reportado con estas mismas palabras. Porque para quien estuvo mirando esta secuencia, así fue; mas para mí que lo vi con, los ojos instruidos por el Espíritu Santo, al repasarlo en cámara lenta, he visto la poderosa mano del Señor a cada paso, convirtiendo lo que podría haber sido fatal, en otra prueba más de su inmensa bondad, protección y consuelo.
Veamos los detalles. Saliendo del club, tuve que parar en la esquina, donde el semáforo estaba en rojo. Y vi delante de mí, un camión de transporte que tenía escrito en la parte de atrás: Salmo 91: “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente”.
En ese instante, el Señor me hablaba, me decía que a partir de ese momento, la situación estaba bajo Su control. Y me decía más: “Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro”.
Tres cuadras más adelante, al doblar hacia la derecha, me desmayé y ya no supe nada más hasta que vi que estaba rodeado de gente y pude salir del carro. Este segmento comienza a perfilar el poder milagroso de nuestro Padre Celestial. Esta calle, a las 8 de la mañana, tiene un nivel de tráfico exageradamente pesado, entre buses particulares, motos, peatones, gente agrupada en las paradas de buses, estudiantes que a esa hora ya circulan por la Universidad.
Para un vehículo que viene por su derecha y se desvía hacia la izquierda, atravesando la calle sin ser atropellado por un bus, o un carro; o sin golpear al montón de personas que circulan por esa zona, y finalmente se sube a dos escalones de la acera y se incrusta en un negocio, sin ser tocado, el Salmo 91, que dice: “Pues a sus ángeles mandará cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos”, fue una realidad
¿Saben mis hermanos, qué sucede cuando uno pierde el conocimiento, cuando uno se desmaya?. El corazón, que tiene un ritmo continuo y regular, baja casi a una línea horizontal Y aumentan las pulsaciones. En ese instante, el corazón en vez de bombear los 5 litros de sangre que tienen que irrigar el cerebro, solamente puede disparar 2 ó 3 litros.
Consecuentemente, los sentidos reaccionan ante la falta de sangre y dejan de funcionar. Si la persona continúa desmayada por varios minutos, la falta de oxigenación al cerebro puede traer consecuencias muy serias. ¿Si yo estaba desmayado, cómo fue que desperté y salí de mi vehículo?
Dicen los médicos que ante una situación similar, es vital que el corazón reaccione y retome su ritmo normal. ¿Qué hacen para lograrlo? Le ponen la mano izquierda sobre el corazón y con la derecha le aplican fuertes golpes con el puño, una, dos y tres veces, hasta que el corazón despierta y reasume su función.
Pregunto: ¿Y a mi quién me golpeó el corazón hasta que reviví?
Mi Salvador, Cristo Jesús se había hecho cargo de este asunto, cuatro o cinco cuadras atrás. Yo necesitaba un tremendo golpe para revivir. Él me vio con el cuerpo aflojado sacudiéndome de un lado a otro del carro y Sus manos piadosas me impulsaron hacia adelante de manera que mi pecho dio de lleno con el volante, golpeándome el esternón y la parte izquierda de la caja toráxica, justo en el corazón. Así me revivió mi Amigo y Compañero de viaje, Cristo Jesús. Sólo Él podía hacerlo en ese momento y en ese lugar, y con ese poder.
Llamé por teléfono a mi casa y desde el interior de la panadería vi hacia la puerta donde el brillo del sol contrastaba con la penumbra interior. Así vi una silueta radiante que se me acercaba y en un abrazo me consolaba diciendo: “Que Dios te bendiga”. ¿Quién era? Un hermano de nuestra iglesia. No me cabe la menor duda que el Señor le encargó esa misión apaciguadora.
Lo que siguió fueron exámenes de todo tipo, análisis, estuve internado en un hospital. Monitores, análisis, etc., etc., hasta que un medico descubrió que tenía irregularidad del ritmo cardíaco. Solución: Un marcapasos.
En cada uno de estos episodios que nos toca vivir junto a Cristo Jesús, nuestro espíritu se enriquece en conocimiento y sabiduría. Son lecciones que debemos absorber para fortalecer nuestra fe y la de nuestros hermanos. ¿Qué más he aprendido?
He aprendido a escuchar:
A abrir un paréntesis en nuestro trajinar diario y dejar que la voz del Señor fluya con respuesta, consuelo y fortaleza.
A testificar:
Las bendiciones de nuestro Señor deben ser compartidas con toda la iglesia, porque todos tenemos que conocer las tantas formas con que Dios se manifiesta y nos ayuda a que el peregrinaje a Su lado sea jubiloso y repleto de gloria.
A valorar el poder de la oración:
El Señor escucha toda oración elevada a Él con humildad, fervor y amor, a través de Su Hijo amado Cristo Jesús. El Señor escuchó y complació a todos los hermanos, amigos y compañeros de trabajo, que clamaron por mi pronta recuperación.
A dar gracias:
En su magnificencia toda poderosa, Dios solamente nos pide que seamos obedientes a sus mandamientos, a sus ordenanzas y a sus estatutos.
El Señor me revivió. Me prorrogó mi estadía, me permitió retornar con un corazón nuevo (literalmente) para que con energía multiplicada, sirva en su causa, con un firme caminar, una flamante armadura, la espada bien afilada, portando su estandarte que proclama a todos los confines de la tierra, Su grandiosidad, Su poder y Su gloria.
Concluyo hermanos con mi alabanza preferida:
“Bendito es el Señor, mi fortaleza, bendito es el Señor, espada y escudo, bendito es el Señor, que reina en victoria. Bendecid… bendecid… bendecid el nombre de Dios”.
Por Juan Carlos Collevatti, Ministerios Verbo, El Salvador.

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