ALBERTO BALDIVIEZO confiesa: "Si no me sacás la bebida, no puedo seguir"

“Papá, si hay solución para tus borracheras”
Alberto Baldiviezo (57) decidió ir a la Iglesia de Merlo, luego de que su hija Leticia (24) le insistiera durante un mes.
“Para cobrar coraje me tomé medio litro de vino y me fui para la Iglesita de tres por seis”, —relata Alberto—.
Alberto empezaba a las seis con su copita de ginebra y terminaba a la media noche con el último de los cinco litros de vino que tomaba por día. “El vino te aturde y no sentís el rigor del trabajo”, relata este boliviano, llegado a la Argentina.
Por tres años, Alberto había vuelto a Suquistaca, un pueblito de su Chuquisaca natal donde aprendió el oficio de frentista de piedra. Allí todos sus ingresos se volatilizaban como el alcohol que bebía
En Argentina aprendió a cosechar el algodón del Chaco, el tabaco salteño y hasta la papa de Balcarce. En Catamarca picó piedra para los caminos.
A los treinta años se casó con Severina y tuvieron a Leticia y Raúl (22).
Poco después, los militares cargaron sus escasas pertenencias en un camión y se las llevaron a la precaria vivienda que había podido construir en Paso del Rey.
Luego, Leticia, de ocho añitos, insiste durante tres semanas para que la acompañe a la Iglesia. “Yo pensaba que eran todos locos y tontos” —confiesa, ahora que él mismo es Pastor de una iglesia en los Altos del Oeste, General Rodríguez—.
“¿Alguien quiere recibir a Cristo? preguntó el Pastor Noé Pereyra. Alberto se hizo el indiferente y escondió su cabeza entre las rodillas, pero no pudo permanecer mucho tiempo así.
“Algo explotó dentro mío, me levantó y me llevó adelante. Borracho como estaba, conocí al Señor”.
Los cambios empezaron a notarse pronto: Alberto ya no iba tanto a la cancha, abandonó las malas juntas y sus hijos empezaron a encontrarlo cuando lo buscaban.
Pero faltaba lo más difícil. “Señor —oró un día en el 203 que va de Moreno a Puente Saavedra— si no me sacás la bebida, no puedo seguir”.
A la tarde empinó la botella y se mandó un trago, pero devolvió todo lo que había comido.
“Desde entonces nunca volví a tomar. Cristo me sacó el vicio”, dice Alberto, quien aconseja a los bebedores: “si Dios lo limpió, Usted tiene que poner su parte”.
Desde el día en que dejó de beber, jamás volvió a probar una gota de alcohol. Ni siquiera para el más inocente de los brindis.
Hoy vive feliz y no necesita vino para lograrlo, porque Dios con su Santo Espíritu, lo embriaga cada día.

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